Dios deja que lo tomes entre tus manos

Tiempo de Navidad

 

Tengo aquí, en Valencia, algunos amigos bolivianos, argentinos,   venezolanos y colombianos. Todos ellos tienen en común el ser naturales de países de América latina, y son muy aficionados a llamar las cosas en diminutivo. Al café lo llaman cafesito;  la cerveza es una servesita; el cura es el padresito; el papá es papito; al bebé lo llaman bebito… Que llamen a las cosas en diminutivo significa familiaridad, cariño, cercanía. Y en este contexto se comprende que gusten tanto de celebrar antes de la Navidad una Octava del Niño Jesús, pues para ellos Dios, al nacer, se hace Diosito.

Llamar a Dios “Diosito” no es una falta de respeto. Se trata de reconocerlo no como el Dios inmutable y majestuoso de los escolásticos medievales, ni como el motor o causa primera de los filósofos helenistas, ni mucho menos como el Ser Supremo que intentaron implantar a la fuerza los revolucionarios franceses del siglo XVIII.  Llamar a Dios “Diosito” es reconocerlo como un Dios cercano, alguien que nos acompaña a lo largo de nuestra vida, alguien que está a junto a nosotros “a las duras y a las maduras”.

“Diosito” no es el Dios que permanece en la lejanía del Olimpo, ni nos deja abandonados a nuestra propia suerte, sino que escucha el llanto y los gritos de dolor de los israelitas; “Diosito” es el Dios que camina con su pueblo por el desierto hasta conducirlo a una tierra que mana leche y miel;  “Diosito” es el Dios que decide encarnarse y hacerse hombre para mostrarnos el camino de la libertad y la felicidad plenas; “Diosito” es el Dios que se hace frágil naciendo en Belén, en la  humildad de un establo, y arropado por el cariño y la ternura de un “papito” y una “mamita”.

Este es el Misterio de la Navidad. Mientras el hombre ha soñado siempre con llegar hasta Dios y ser Dios, sin conseguirlo nunca, va y resulta que este viejo sueño humano se cumple pero justamente al contrario: no por la arrogancia de Eva, sino por la sencillez de María; no por la cobardía de Adán, sino por el valor de Abrahán; no por la soberbia de Babel, sino por la humildad de Belén… Es decir, no subiendo sino bajando.

Dios y el hombre se encuentran, no a base de que el hombre suba, sino de que Dios baje. Si lo que pretendes es subir, como los de Babel, Dios se aleja más y más. Si por el contrario tú te abajas y te vacías, Dios se acerca tanto más hasta que se deja tocar.

Es lo que celebramos todos los años en Navidad. El nacimiento de Jesús fue un exceso de amor y misericordia para la condición humana. No vino a deslumbrar a nadie ni a conquistar nada, sino corazones. Dios se hace uno de nosotros para devolver al hombre la dignidad y la hermosura. Con su Encarnación y su nacimiento en Belén, es como si “Diosito”, desde el pesebre, nos dijera: “Hombre, quiero estar contigo porque te quiero; lo que he visto en ti me gusta; por eso, limpiaré tu corazón y abriré tus ojos para que seas capaz de reconocer tu grandeza y tu dignidad”.

         ¡Feliz y Santa Navidad!

Salvador Valls Botella
Consiliario del MCC - Valencia