¿No te parece que están llamando a la puerta?

Domingo IV de Adviento

     
Desde mediados de noviembre  las calles huelen y saben a Navidad. Ya se encargan las campañas comerciales de recordarnos que se acercan tiempos de  regalos, encuentros y fiestas. Y lo hacen con tanta intensidad que cuando  llegan los verdaderos días de la Navidad estamos como hastiados, como “¡qué ganas tengo de que pasen las fiestas!”.

La Navidad es un encuentro ¡claro que sí!, no solo entre las familias y los amigos, sino un encuentro del hombre con Dios.

La Navidad es un tiempo de regalos; pero el mayor regalo es Dios mismo dándose al hombre en la persona de su Hijo Jesucristo.

La Navidad es un tiempo  de fiesta. ¿Cómo no vamos a hacer fiesta con motivo de este ENCUENTRO y este REGALO?  Y dada la magnitud del acontecimiento, celebramos no solamente un día sino varios días de fiesta. Es justo, y también necesario.

Pero todavía estamos en el cuarto domingo de  Adviento donde se nos presenta el pasaje de la Visitación. En esta escena nos encontramos con dos mujeres que se sitúan en un primer plano: María e Isabel. Pero el verdadero protagonismo lo tienen las criaturas que llevan dentro de sus entrañas: Jesús y Juan. Ellos actúan desde dentro, y lo hacen  con fuerza y con mucha gracia.

Por eso, aunque este pasaje de la Visitación nos sitúa ya a las puertas de la Navidad, deseo pararme a reflexionar brevemente sobre las visitas que nos hace Dios. Porque a Dios también le gusta hacer visitas. Le ha gustado siempre y lo sigue haciendo en nuestros días. Veamos.

Ya en las primeras páginas de la Biblia vemos cómo Dios  salía a visitar a Adán y paseaba frecuentemente con él en el paraíso. En el mismo libro del Génesis comprobamos cómo también visitaba a Abraham, incluso se dejaba invitar por él a la mesa: unas visitas que siempre iban acompañadas de promesas y bendiciones.

Dios visitaba asimismo   a su pueblo especialmente en los momentos de dolor y esclavitud. Las visitas y encuentros con Moisés se multiplicaban.
Y cuando nació Juan, su padre exclamó: “¡Dios ha visitado a su pueblo!”  Esta visita ya estaba apuntando a algo mucho más decisivo. Y fue precisamente en Jesucristo en el seno de María, cuando la visita de Dios fue definitiva, porque ya se quedó para siempre con nosotros.

A Dios siempre le ha gustado visitar a los hombres. Pero nosotros, ¿aceptamos de buen grado las visitas de Dios? ¿O estamos deslumbrados por tantas luces destellantes que somos incapaces de detectarla? Se acercan días en que recibiremos las visitas de Papá Noel, de los emisarios y pajes reales, de Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente… Pero ¿estamos preparados para recibir y acoger la visita de Dios?

Dios se encarna en el vientre de María. Empieza la Visita definitiva de Dios a su pueblo, una visita en la que no sólo viene a compartir nuestras comidas, sino a dejarse comer por nosotros.

Salvador Valls Botella
Consiliario del MCC - Valencia