¿Sabías que Dios se goza y se complace en ti?

Domingo III de Adviento

        
Todos queremos ser felices, porque ese deseo lo llevamos en los genes. En nuestros días se desea y se trabaja por construir un mundo feliz. Pero lo que se ofrece es una felicidad barata. Es una felicidad que huye el esfuerzo, el sacrificio, el aguante… Una felicidad que va unida al consumo, al placer, al éxito fácil, al “todo lo quiero, y lo quiero ¡ya!”... Y lo más terrible del caso es que, en nombre de esa felicidad, se aparta de nuestra vista todo lo que suponga dolor, enfermedad, ancianidad, fracaso, muerte... Todo el mundo tiene que sonreír; todo el mundo tiene que ser joven (o parecerlo al menos); todo el mundo tiene que seducir… Pero esto, a la larga produce vacío y angustia.

         La verdadera alegría es otra cosa. Es una alegría que se contagia de la alegría divina. Es una alegría que procede y se fundamenta en Jesucristo. Es una alegría que tiene que ver con su Evangelio, con su vida, con su oferta salvadora, con su presencia en nosotros. Es una alegría que aviva en nosotros el Espíritu Santo que, cuando nos roza, ya no lo podemos silenciar.

         Como dijo el Papa Francisco el año pasado tal domingo como hoy, en el rezo del Ángelus  “… la alegría del cristiano no se compra, no se puede comprar, viene de la fe y del encuentro con Jesucristo, razón de nuestra felicidad. Y cuanto más enraizados estamos en Cristo, cuanto más cercanos estamos a Jesús, más encontramos la serenidad interior, incluso en medio de las contradicciones cotidianas. Por eso el cristiano, habiéndose encontrado con Jesús, no puede ser un profeta de desventura, sino un testigo y un heraldo de alegría”.

         Hace unos meses una persona de mediana edad me comentada que se sentía muy mal porque se consideraba un “cristiano triste”, mientras que el Papa suele decir que un cristiano no puede llevar continuamente “cara de cuaresma”, pues el encuentro con el Resucitado tiene que llenarnos de profunda alegría. Tras un breve diálogo con esa persona se me ocurrió proponerle que viviese un Cursillo de Cristiandad. ¿Razones?, me preguntó. Le di solamente una: “En tres días vas a aprender a ser feliz el resto de tu vida”. Tras unos segundos de silencio me llamó “Presuntuoso”, y se marchó.

         Evidentemente no quiso dar el salto para dejarse encontrar por Cristo; no quiso atreverse. Al menos de momento. Más adelante, no sé. Ay, los ritmos de Dios…

Dios nos ha creado para ser felices, porque Él es feliz. Y los hijos tienen que parecerse a sus padres. En este tercer domingo de Adviento, el apóstol San Pablo nos llama a “estar siempre alegres”. Es una llamada a vivir la alegría en plenitud, la alegría divina que brota del corazón del Padre, nos llega a través del Hijo y nos renueva totalmente en el Espíritu.

         Dios se goza y se complace en ti. Goza y complácete tú en Dios, que viene a tu encuentro. Recíbelo con el corazón abierto.

Salvador Valls Botella
Consiliario del MCC - Valencia